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Literatura o narrativa sobre el Doán

24 mar 2022
16 min de lectura

El enigma de la piedra

Por Zoleila Solano Ramírez




Llegué a la comunidad de Urasca, en el año 1962, como educadora.

Pequeño poblado perteneciente al Distrito de Cachí, Cantón de Paraíso, Provincia de Cartago.

Me encantó desde el primer momento; el verdor de sus montañas, el sonido musical del río Urasca, al golpear las piedras, el revoloteo de los pájaros con sus alegres trinos, y, muy en especial, los niños con sus caritas alegres esperando conocerme.


La gente, su mejor tesoro

Sus padres, humildes hombres y mujeres de campo, sembraban pequeñas parcelas en las faldas de los cerros; las madres entregadas a las labores hogareñas y al cuido de los hijos, de sus animales domésticos, de pequeños jardines al frente y en los solares de las casas, entre otros.

He ahí mi función por casi veinte años; enfermera, consejera matrimonial, partera, no solo educadora de los niños sino también de los padres de familia. En ese mismo año el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) empezaba la construcción de la represa hidroeléctrica, requerían una gran peonada.


No sólo lectura necesitaban, sino también crecer en la simpleza misma de la matemática, el uso del metro y saber algunas medidas. De día trabajaba con los niños, daba clases por las noches a los adultos.

Al pasar el tiempo y con la confianza que les brinde, fueron mis amigos, compinches, sinceros fieles y felices. Activamos en uno sólo nuestros planes, nuestros proyectos, nuestros gustos con una meta propuesta aprender y mejorar sus habilidades de vida.




La piedra y el río

El río era uno más, era parte de la comunidad, era parte de las mariposas, de los pájaros, de las nutrias de agua, un entorno muy especial para los niños.

No había miedo alguno, retamos cualquier negativa que involucrara al río, lo recorrimos de arriba a abajo, admirando su frescura, sus aguas cristalinas, las formas de sus piedras y sus diferentes colores. Ahí encontramos muchas creaciones realizadas por nuestros antepasados. No solo dentro del río, sino en sus riberas.




Así fue con alegría que encontramos la enorme piedra, trabajada con exactitud, con belleza y una gran incógnita, ¿qué significaba?, ¿para qué la construyeron?, ¿tiene relación con el espacio sideral?, ¿fue adoración?, ¿sacrificios?, y, muy especial la pregunta, ¿con que la construyeron? Las medidas de cada cavidad y entre cada una de ellas es exacta.

Encontramos otra gran piedra de forma piramidal, impresionante, que tenía las mismas estrías de aquella piedra original, era de una materia diferente de color gris oscuro lujado. También encontramos petroglifos, que el río algún día se llevó; uno de esos ejemplares se exhibe hoy en día en la entrada del Museo de la Parroquia de Nuestra Señora de Ujarrás en Paraíso.



Vivencias del lugar

Las visitas de los niños a la piedra eran muy frecuentes, estaba en un lugar cercano a la escuela vieja, anterior a la actual, ahí jugábamos a la ronda, de casita, de escondido.

La comunidad se asentó a orillas de la calle de Urasca, aledaña al río y el último acceso. Se cuenta que, en tiempos inmemoriales, cerca de la antigua escuela, salía una dama vestida de negro, con una gran sonrisa debajo del velo que le cubría el rostro; asustaba a los hombres que se emborrachaban con guaro de contrabando que ellos mismos fabricaban. Por cierto, desde la escuela nos tocaba cuidar cuando llegaba el “Resguardo”, de pronto entraban en un “jeep”. Era notorio pues los chiquillos salían a toda prisa a avisar a los papás para que escondieran el licor clandestino que tenían en garrafas.





Cambio de geografía

En el año 1965 hubo una gran tormenta en la montaña, la lluvia y los rayos caían, los cerros se encendían, los árboles se rajaban y bajaban junto con los animales domésticos; el río creció hasta llegar a las basas de la escuela. Todavía recuerdo a Heriberto, el chiquillo que se tiró a las aguas embravecidas para salvar a los patos, y a su perro, que se llevaba la fuerte correntada.

Fue en ese momento cuando la piedra desapareció, el río la cubrió con aquella maleza que arrastraba desde montaña arriba, creíamos que la había rodado, la perdimos por muchos años.


Tiempo después hubo otra gran tormenta, en 1987, más fuerte, destrozó el camino que va paralelo a él desde la entrada abajo, y para sorpresa de los chicos y algunos adultos, apareció la piedra, un poco mas gastada, más vieja, por los golpes llevados, pero “aun está ahí”.


Siempre me gusta visitarla, es un cumplido de los gratos recuerdos de mis niños urasqueños, de la montaña, del río, y sus habitantes que sembraron en mí, el amor por la naturaleza.



Ilustraciones de Zoleila Solano 2015


El siguiente texto de J. Benites nos relaciona con una narrativa de interés a este proyecto.



Mulúrtmi, Mujer Mar

... “Cuando murió Mulúrtmi, Sibú mandó a construir un camastro para colocar su cadáver. Para protegerla mejor, cercó muy bien este lugar con troncos de diferentes árboles. Cuando el estómago de Mulúrtmi se rompió, de él brotó un árbol que crecía sin detenerse. Por eso Sibú lo mandó a cortar y luego lo convirtió en mar”. Leyendas Bribri. (Karla Victoria Jara Murillo y Alí García Segura, Diccionario de Mitología Bribri. UCR).


Yemayá

Se le conoce como la diosa de los mares y procede de África, traída al Caribe y Brasil por los esclavos negros en tiempos de la colonización europea. Dice la tradición:

“El agua, en tanto que elemento vital por excelencia, está representada de forma prolífica en todas las religiones, mitos y leyendas que se ha dado en la humanidad a lo largo de la historia. En la religión Yoruba se canta y baila a Yemayá, diosa Orisha del mar. Todas las cosmogonías sin excepción, le rinden pleitesía al agua”.

(https://www.fundacionaquae.org/agua-pa-yemaya/)


Poesía

Fabio Robles Martínez


El génesis


Las corrientes submarinas

hacen ondear las algas

sobre un perfecto monte marino,

Yemayá, la diosa de ondulados cabellos,

otea el horizonte y cerrando sus ojos

se desprende en un sideral sueño.


Levita sobre verdes campos

cubiertos con un manto de neblina

y con senderos de flores blancas

rojas y amarillas, las que

movidas por el céfiro vespertino,

esconden armadillos, conejos

y un ejército de grillos.


En los guayabos y naranjos,

los pajarillos bulliciosos

picotean sus frutos,

mientras en los doseles

de centenarios ceibos,

un rayo de luz deja ver el esplendor

de un quetzal de larga cola

y de dos guacamayas,

que en su regazo reposan.


Yemayá despierta,

la luna curiosa la mira,

mientras las aguas turbulentas acarician

la cordillera sumergida,

su sueño fue una premonición,

ocurre un cataclismo,

se abren las aguas,

se aleja el océano,

parte de la Atlántida emerge

y al calor del sol se forma

la Cordillera de Talamanca.

Yemayá, elige su monte sagrado,

donde deja tatuado su rastro,

¡Ha nacido el volcán apagado,

ha nacido el monte Doán!



El volcán apagado


El enigma recubre las laderas

del imponente monte silencioso

que en sus entrañas guarda misterioso

su origen de linaje celestial.

Antiguos pobladores se rendían

ante el monte Doán por ser sagrado,

refugio por los dioses cincelado,

blasón de perfección universal.


El Doán se convierte en la leyenda

con duendes en las cuevas sorpresivas

son historias de fuentes primitivas

que mostraron constante admiración.

Hoy es la musa que causa desvelo

y ante tanta belleza los artistas

se convierten en firmes activistas

que aplican sin cautela su razón.


El Doán representa el universo

y de Dios significa el mejor verso.



Ceiba Floreada y Colibrí Valiente

Cuento de Iván Orozco

Al final de una temporada de aguaceros, un joven llamado Colibrí Valiente, hijo menor de un gran chamán, y una bella muchacha llamada Ceiba Floreada, hija de la partera mayor del valle del Ukuz, se enamoraron, nadando en la posa de las oropéndolas junto a sus hermanos y hermanas, entre miradas y jugueteos su amor creció. A Colibrí Valiente le gustaba, además de ir todas las tardes soleadas a la posa, navegar en su canoa y acompañar a su padre al bosque, cuando iba a buscar plantas para alguna medicina. Ceiba Floreada se ocupaba de hacer tejidos de algodón y acompañar a su madre cada vez, que había un parto en el valle.


Hubo una gran fiesta para celebrar el casamiento, chamanes y parteras de valles cercamos fueron invitados, se reunieron bajo la Ceiba Madre encendiendo el fuego sagrado donde hicieron un círculo alrededor de la pareja, tocando las maracas entonaron cantos ancestrales, de bendición y prosperidad mientras que tambores, sonajeros, ocarinas, flautas y caracoles invocaban a todos los elementos del bosque a la celebración. En el centro de aquel círculo, feliz se erguía la joven pareja. Ella, con su cabellera fijamente trenzada, adornada con coloridos caracoles marinos y orquídeas blancas, que perfumaban con un fresco dulzor todo su alrededor, lucía un bello vestido de algodón verde con bordados rojos, una hermosa dije de jade con forma de colibrí adornaba su pecho y pulseras de ámbar cubrían sus muñecas; él, coronaba su cabeza con un tocado de plumas amarillas de oropéndola al centro y a los lados de lapa verdes, su pecho descubierto mostraba un disco de jade con una ceiba labrada en el mismo, su cuello tenía collares de ámbar y colmillos de jaguar, sus brazos estaban cubiertos con pinturas corporales, lo cubría una falda tejida blanca, ceñida con una faja de caracoles marinos. Cantaron por una hora junto al Fuego Sagrado y bajo la Ceiba Madre, al finalizar el Bru, líder de esa comunidad, luciendo un tocado de plumas de águila y un disco solar de oro en el pecho, parándose en el centro del círculo ofreció unas palabras y convidó a todos y a todas al banquete que se había preparado, mientras que los tambores, maracas, ocarinas y caracolas le ponían alegría al ambiente. Abundante chicha de pejibaye y maíz, alegraron el corazón de los músicos y danzantes, y, de todos los asistentes al gran banquete que se preparó ese día, con tortas de yuca y miel, sopa de tomate con palmito, tortillas con aguacate, frijoles, tamales, y también chocolate espumoso no paraba de ofrecerse.


Al tiempo de aquel gran día, corrió la noticia, pronto nacería un pequeño y se alegraron todos en el valle del Ukuz.


Las abuelas

El nacimiento del niño fue todo un acontecimiento cósmico, fue una noche de luna llena, y al comenzar los dolores de parto de Ceiba Floreada, esa luna se comenzó a teñir de rojo, asombrando a todos en el valle; al ocultarse la luna, aparecieron estrellas fugases, eran cientos, como no se había visto antes, cayeron estrellas azules, verdes, rojas y anaranjadas. Al interior del Bosque de Tapantí, crujían las nubes a lo lejos, con resplandores dorado, los rayos modelaban el perfil de las montañas, el Gran Río Ukuz, rugió como en octubre, tuvieron que correr a amarrar las canoas los que las tenía en el agua.

En el Usuere de la partera estaban las abuelas cantando al son de las maracas, invocando la Sabiduría de los Ancestros con dulces melodías, en el centro de la Casa cerca del fuego Ceiba Floreada gemía por el parto junto a su Madre, quien la atendía, e impaciente, ansiaba dar la bienvenida a este mundo a su nuevo, Nieto, afuera del Usuere, un gran fuego iluminaba a todo el clan. Amigos de otros clanes habían llegado a Uxarraí para dar la bienvenida al pequeño, mientras, tambores y caracolas marcaban el paso a los danzantes, que, alrededor del fuego con su danza, recreaban la creación del Universo en el vientre de la Madre y así después de flotar por nueve meses, la hora de nacer llegó y lo recibió el valle del Ukuz, en los límites de la Bosque de Tapantí, hijo de Ceiba Floreada y Colibrí Valiente. Así nació esa nueva criatura, y sintió por vez primera el fresco aire que baja de la montaña, expandiendo sus pulmones y llenándolo de vida. Después de ser examinado por su abuela la Partera Mayor minuciosamente, fue arropado en un fino tejido de algodón, y acurrucado en los pechos de su madre que amorosamente lo arrulló.

Esa madrugada, hubo gran bullicio en el bosque por su llegada


Canción

Un pequeño a nacido, en el Usure Duerque Nieto de parteras, y de un Chamán Tambores de Tierra, y Caracolas Marinas

Convocando, la Energía Están Hay bullicio en el bosque, por su llegada

Como el Duán, lo conocerán Como El Duán


Ilustración de William Sánchez acerca del cuento de Alberto Trejos la Piedra y el indio


La Piedra y el Indio

Leyenda del autor Alberto Trejos

Se aclara que el autor de esta leyenda utiliza el nombre Pejibaye como el del río Peji-valle, que significa “pez del valle” y realiza gestiones para que el Instituto Geográfico Costarricense apruebe el cambio.


Corría el año de 1748 y en las más altas montañas de Talamanca, en el Caribe Sur de Costa Rica, habitaba una tribu conformada por ciento veinticinco familias bajo el cacicazgo de José Iscmöbë. Éste tenía cinco hijas, la menor de nombre Zahicï, destacaba por su belleza, en todo el territorio indígena. La tribu contaba con doscientos jóvenes, los más fuertes y valientes eran los encargados de defender el territorio cuando eran invadidos por tribus panameñas, a su vez se

destacaban por su inteligencia, sagacidad y astucia en labores de caza y pesca.


En este grupo estaba Cohkü, un joven de diecisiete años novio de Zahicï, quienes después de una larga amistad iniciaron un lindo romance hasta que se fue convirtiendo en un apasionado amor.


El cacique de la tribu estaba incómodo con la relación de su hija. Así, aprovechando la tercera llegada de los padres Recoletos a Talamanca, con misión de reclutar indígenas para fundar y evangelizar nuevos pueblos según mandato de la Corona Española, negoció por unas baratijas la entrega de veinte familias de sus dominios. Cumplieron entonces los Recoletos con uno de los objetivos que como orden religiosa debían hacer. En total las veinte familias sumaban ciento cuarenta y cuatro indígenas y adicionalmente el cacique les ofreció un indígena más; era Cohkü; lo vendió como el más valeroso hombre de la tribu. Los padres aceptando la propuesta pagaron con las baratijas que les sobraban. El cacique se quedó con sus baratijas y de paso se deshizo de Cohkü, cumpliendo su objetivo de romper lo que para él era una inaceptable relación.


Zahicï al enterarse de la partida de su gran amor, perdió su alegría y el brillo que tenían sus ojos ahora lucían ensombrecidos. Un mes después de la partida, Zahicï confesó a su madre que estaba embarazada de Cohkü. Esta noticia no fue de mucho agrado para ambos padres y de ahí en adelante trataron a su hija con desprecio y desconsideración.


Luego de ocho semanas de caminar entre las montañas, los padres Recoletos llegaron con los ciento cuarenta y cinco indígenas a su nuevo destino. Ahí fundarían un nuevo pue-blo, era un pequeño y hermoso valle, bañado por tres ríos. En lo alto de un cerro descollaba una imponente y gigantesca piedra desde la cual se apreciaba la belleza del lugar. Muy cerca de ella los nuevos pobladores levantaron sus ranchos y junto a la enorme piedra, estaba el rancho más pequeño de todos, era el del joven Cohkü; ahí pasaría sus días de nostalgia y soledad en ese nuevo lugar.


En los primeros días los indígenas se dedicaron a voltear la espesa y verde montaña para la siembra del maíz, la yuca, el plátano, frijoles y el cacao. La principal atracción de los nuevos pobladores era la pesca al atardecer, lo hacían en el más grande de los ríos. Un río caudaloso de aguas frescas y cristalinas con una gran abundancia de peces. Era común escuchar el grito después del trabajo. -Ts l sè m kè díjkà námà klíúk ukókí sé miīkè námà kàtök enāblòyök. (En la tarde vamos al río por peje y después vamos a comer peje y beber chicha).


Al finalizar la tarde y comenzar la noche, los más jóvenes de la tribu subían a la enorme piedra, encendían una fogata, ahí cocinaban su pescado, conversaban, reían, comían y bebían; así de esa manera se olvidaban un poco de su gente de las altas montañas de Talamanca de donde fueron arrebatados y vendidos como mercancía barata. La algarabía de aquella gente, contrastaba con la tristeza del joven Cohkü. Él siempre permanecía en su rancho mientras los demás jóvenes disfrutaban. Cerca de las ocho de la noche aquel alegre grupo después de mucho beber y comer se iban a sus chozas a descansar para volver al día siguiente a la misma rutina.


El joven Cohkü cuando ya todos habían abandonado la piedra, subía y elevaba al cielo su mirada, con su mano izquierda sujetaba su collar con todas sus fuerzas e imploraba al dios Sibú y al Dios de los padres Recoletos por el ferviente deseo de ver nuevamente a su amada. El collar que colgaba en su pecho, estaba forjado con una pequeña piedra negra que tenía incrustado en el centro un hermoso jade; donde se dibujaba una figura, que era la mitad de un rayo, una media luna y la mitad de un sol y como si fuera parte de su cuerpo el collar siempre permanecía con él, pues era el regalo que Zahicï le había dado en su primer mes de noviazgo. Cohkü lo conservaba como su mayor tesoro, como fiel testigo del juramento que se habían hecho de que algún día iban a estar unidos para siempre. Lo más valioso del collar para Cohkü era que había sido forjado por la joven Zahicï con sus propias manos.



La piedra del indio. Pejivalle, Tucurrique. Foto cortesía de Marianela Martínez y Alberto Trejos


El tiempo fue pasando… 10 largos años después de la última vez que Cohkü vio a Zahicï; las familias habían crecido, nuevos indígenas habían llegado, otros los habían trasladado al pueblo de Orosi, las tribus de Atirro y Tucurrique los visitaban y se iban de pesca juntos. Los cultivos del maíz, la yuca, el plátano, los frijoles y el cacao estaban en aumento. Los indígenas ya habían dado nombre al lugar, “Peje del Valle”, nombre influenciado por los Recoletos como producto de la castellanización a los indígenas; basándose en la belleza del río, el valle y la abundancia de peces. Pasado un tiempo los padres Recoletos impusieron el nombre religioso de “San José de Peje-valle” que luego con el pasar del tiempo le llamaron “San José de Pejivalle” Y así transcurrió el tiempo con cambios en sus vidas, en su gente y su cultura.


En la primera semana del mes de junio del año 1758, se vino un crudo invierno, los torrenciales aguaceros no cesaban, el cauce del río aumentó cinco veces su tamaño; inundó todos los cultivos que estaban a su margen, cinco de los ranchos que estaban más cerca del río fueron arrasados junto con sus familias, hubo una gran conmoción, la lluvia duró más de tres semanas. Todas las actividades en “Peje del Valle” se habían paralizado, la gran piedra echaba de menos el calor de las fogatas nocturnas, los indígenas sobrevivientes

lloraban a sus hermanos muertos en el caudaloso río. La tormenta continuaba y parecía no tener fin. Una noche de esas se desató la más fuerte tormenta de ese invierno, Cohkü no podía conciliar el sueño, era casi la media noche y desde su rancho con la pequeña puerta de paja entre abierta miraba la gran piedra; era como su santuario, pues ahí sentía que estaba en contacto con su Zahicï. Cohkü creía que su dios Sibö estaba en su contra porque no había podido subir a la piedra durante varios días. Esa noche quiso desafiar al dios Sibö, tomó fuerza, escaló la enorme piedra bajó el torrencial aguacero y una vez sobre la piedra comenzó su rito.


Tomó el collar con su mano izquierda, levantó la mirada al cielo, y con un fuerte reclamo al dios Sibö exclamó con toda su fuerza. -¡Si no vuelvo a ver a Zahicï…! ¡Prefiero la muerte!. Y justo al ser las 12 media noche, un poderoso rayo que iluminó todo el valle; atravesó su corazón y partió la piedra en dos. El cuerpo inerte del joven Cohkü cayó hasta el fondo de la piedra.


Al día siguiente, la fuerte lluvia terminó, un sol radiante iluminaba por completo el valle. La piedra que ahora estaba divida en dos enormes pedazos no terminaba de sorprender a los pobladores, no se explicaban de lo que fue capaz de hacer el poderoso rayo de la media noche.


Cohkü ya no estaba, su rancho estaba vacío. Algunos pensaron que se había marchado montaña adentro escapándose de los padres Recoletos, otros decían que no soportaba más la soledad y se había lanzado al río. Nadie supo que pasó, no había rastro de él.


Ocho semanas después, los Recoletos llegaron con nuevas familias de indígenas que traían de Talamanca para reemplazar a los que habían perdido sus vidas en las inundaciones. Entre el grupo venía una hermosa indígena con un niño de diez años, ella preguntaba por un hombre llamado Cohkü, buscó desesperadamente en cada rancho del poblado sin resultado alguno. Uno de los Recoletos Fray Antonio al ver a la mujer buscando en todos los ranchos como queriendo encontrar donde quedarse, le ofreció un pequeño rancho que estaba junto a la piedra. Zahicï se dirigió a ese rancho que ella aún no había visto. Cuando entró ya no buscó más… inmediatamente sintió la presencia de Cohkü, en ese momento la embargó un sentimiento de tristeza, respiró profundamente, abrazó a su hijo con todas sus fuerzas y entre la negra cabellera del niño sus lágrimas se esfumaban al igual que sus esperanzas por encontrar a su amado Cohkü. Una indígena llamada Nãmã̀siã del rancho más cercano la re-

conoció, le confirmó lo que ella sospechaba… Él ya no estaba, se había marchado.


-Diez años pidiendo al dios Sibö, noche tras noche por el deseado encuentro; día a día, sin dejar de pensar en él y con la promesa hecha a su hijo que buscarían a su padre para estar unidos para siempre como familia.


Nãmã siã le contó todo lo que Cohkü sufrió por ella, de su dolor, de su soledad, del rito en la piedra donde muchas ve-ces le vieron llorar. Zahicï solo escuchaba… cerraba sus ojos y guardaba silencio.


En su primera noche en el rancho, no podía dormir, por su mente revoloteaban muchos recuerdos, estaba totalmente segura de que ahí vivió Cohkü. Casi al ser la media noche, comenzaron a colarse por el techo de paja unos brillantes rayos de luna llena, un silencio sepulcral reinaba en el valle, la piedra aunque estaba partida esa noche lucía imponente.

En ese momento a Zahicï la invadió la curiosidad, quería ver el valle desde lo alto de la piedra, ver lo que Cohkü veía, lo que él sentía y sin pensarlo dos veces, despertó a su hijo, lo llevó hasta la cima de la piedra y al ser las doce de la media noche, un rayo de luna penetró hasta lo más profundo de la fisurada piedra y del fondo la luz del rayo se revertía en un tono verduzco que afanoso escalaba hasta donde ella se encontraba, ese misterioso rayo parecía como querer atrapar el collar de Zahicï; que estaba hecho con una piedra negra, tenía incrustado un hermoso jade en el que se dibujaba una figura, que era la mitad de un rayo, una media luna y la mitad de un sol. El hijo de Zahicï al ver el extraño rayo verde y por su curiosidad de niño, bajó presuroso hasta el fondo de la piedra, la madre que contemplaba todo el valle iluminado por la luna llena, no se percató ni del fenómeno que estaba ocurriendo, ni de la travesura del hijo. Una vez en el fondo de la piedra, el niño vio que la luz verde provenía de un collar con un gran parecido al de su madre.


-Mamá, encontré un collar parecido al suyo. -Gritó el niño.

La madre asustada de escuchar a su hijo que le gritaba desde lo profundo de la piedra, bajó rauda y veloz hasta donde estaba su hijo, al llegar el niño tenía el collar que había encontrado colgado en su cuello. Zahicï quedó petrificada ante tal hallazgo. En ese momento cayó en razón, ahí yacía su amado Cohkü. Ella levantó a su hijo y lo abrazó apretándolo fuertemente contra su pecho, El rayo verde parecía entrelazar ambos collares y los unía con una magia ancestral provocando en el acto la fusión de los dibujos.



Ilustración de William Sánchez acerca del cuento de Alberto Trejos la Piedra y el indio


Con la complicidad de una nube negra, la brillante luna llena se fue opacando, la oscuridad abrazó la piedra por completo y en ese momento algo insólito ocurrió, ¡la grieta comenzó a cerrarse! ¡Zahicï y su hijo no tenían escapatoria! Ella se dio cuenta que el dios Sibö había cumplido su deseo, la familia estaría destinada a permanecer unida por toda la eternidad.

A la mañana siguiente, la piedra nuevamente estaba abierta, como si nada hubiera pasado. El niño y la madre habían desaparecido. Nadie en Peje del Valle supo lo que esa noche sucedió.


Contaban los indígenas, que por las noches de luna llena se escuchan voces de una mujer y un hombre conversando, los gritos de un niño jugando y que esas voces vienen de lo más profundo de la piedra Desde entonces y hasta 1765 nadie más volvió a subir a la gran piedra. En ese año los indígenas vieron por última vez la misteriosa piedra ya que los padres Recoletos trasladaron a todos los indígenas hasta Orosi, quedando el pueblo en abandono y reinando solamente la imponente piedra de ese hermoso valle bañado por tres ríos que los indígenas una vez llamaron Peje del Valle.


Según cuenta la leyenda, que en un día de luna llena, si entras a la piedra a la media noche. ¡Posiblemente nunca vas a salir…! No lo intente… porque le puede caer ¡la maldición de la Piedra del Indio!


Autor Alberto Trejos Vargas 15/9/2021

 
 
 

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