“Lo Documentado”
- Luis Fermando Quiros
- 22 jul 2022
- 8 Min. de lectura

Anexo Lo documentado, nueva muestra en Sala 4 del MADC, foto LFQ.
Muestra en salas 2, 3 y 4 del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo
Para institucionalizar y crear un museo de arte en estos tiempos actuales, no es cosa de tener recursos económicos solventes y una colección, es necesario tener un programa en el cual importa factores como la mediación para cada propuesta expositiva; charlas, debates, conferencias, visitas guiadas, podcast, entre otros. recursos, como también generar documentación. La práctica de documentar no es solo organizar un archivo de documentos, fotografías, escritos, audios, videos, periódicos, libros, revistas, catálogos, importa mucha hacer conexiones con lo que colecta el museo, elaborar su colección que es un terreno que ofrece abundantes frutos sí se le sabe cultivar, e interactuar con los distintos proyectos expositivos que, si no quedan documentados, vana sería la labor de esa institución cultural, caja de resonancia para la historia del arte. Desde finales de los años noventa ya se hablaba de la documentación digital, como un recurso que potencia la investigación, pero importa, como dije, no solo ir al campo, a les estudios y talleres de los artistas para recolectar documentos, tomar fotografías, sino hacer cruces, mezclas, proyectar, incluso hasta especular en el buen sentido de esta palabra, y aquí el diseño es fundamental para normar, transparentar, ampliar la calidad y cualidades de lo que se documenta.

Lo documentado, nueva muestra en Sala 2, 3, y 4 del MADC, foto LFQ.
Son palabras clave de este compendio activo del museo actual, registrar, archivar, producir, pero es esencial el tiempo, pues hay que hacerlo en vivo, veinticuatro siete, en tiempo real, y actuar como administrar al paciente de la cultura una medicina, que se administra con constancia, en pequeñas dosis, pero a su debido tiempo, y para esto, las redes sociales son una herramienta indiscutiblemente útil. También hay que saber investigar los eventos, saber registrarlos, saber archivarlos y saber comunicarlos pues de nada sirve un tesoro que la colectividad ignore su existencia, y que no aprendió a darle valor. Esto lo saben muy bien las instituciones culturales encargadas de preservar, colectar, enseñar acerca de estos tópicos, y el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo lo ha hecho práctica constante, y quehacer institucional desde sus inicios, hoy lo demuestra dedicando tres salas de sus espacios para lo documentado.

Anexo Lo documentado, nueva muestra en Sala 4 del MADC, foto LFQ.
Recuerdo entre otras muestras donde se le dio espacio a esta práctica, la de Raúl Quintanilla de Nicaragua quien presentó “NO tiene nombre” 2018, curada por Adriana Collado ( https://www.meer.com/es/43726-no-tiene-nombre ) en estas mismas salas expuso su archivo, con una impresionante colección de revistas, libros, carteles, discos, videos, grabaciones, todos son signos atesorados por el documentador quien ama esos registros, pero no solo ama, sino que arma una práctica a partir de esa vocación. No es solo razonar, implica accionar. Otro de los proyectos importantes de sumar a esta ojeada a la documentación es el proyecto Archivo Rolando Castellón, que la curadora y crítica de arte Tamara Díaz-Bringas se desveló por conformar, aportando además presupuesto con una jugosa beca que ella misma consiguió en España, antes de su fallecimiento en enero del presente año 2022.
En los años noventa, llegó al país en calidad de jurado de uno de los eventos culturales abundantes en esos años, el historiador de arte brasileño Frederico de Morais, a quien entrevisté para la revista La Fanal del MADC (un eje de lo documentado en esos años y que se aprecia en esta muestra en sala 2), preguntándole, precisamente, sobe el valor de la documentación, quien expresó que “nada sustituye a la obra de arte”, y que éste, el arte, era “el oro de las naciones”, y ese oro se documenta y protege en los museos. Morais me decía que, ni con la mejor fotografía o el mejor catálogo impreso, se sustituye o vale por la obra original. Sin embargo, en estos tiempos y realidad nacional de país Sur/Sur, yo tuve mis reservas, pues si viviéramos en una ciudad con excelentes museos, estaríamos acostumbrados a apreciar esas obras en originales, y no en reproducciones en libros como ocurre en nuestro medio y realidad. Eh aquí la paradoja: a veces nos acostumbramos tanto a esa manera de documentar y a metodologías para registrar el arte, que cuando conocemos el original, puede que nos quede debiendo. En otras circunstancias, pero al contrario, enriquece.


Virginia Pérez-Ratton. "De vidrio la cabecera", 1994. Sala 4 del MADC, foto LFQ.

Patricia Belli, nueva muestra en Sala 4 del MADC, foto LFQ.
Personalmente me ocurrió con la pintura de Mark Rothko, quien en mi juventud adoré, sin embargo, hasta apreciarla en vivo, al visitar el Museo Guggenheim Venezia, con valiosas obras de este gran maestro, que incluso logré comprender el fenómeno del “espacialismo” que tanto aportaron artistas como el ítalo-argentino Lucio Fontana en 1946, en cercana concordancia con el norteamericano Barnett Newman, entre otros. Respecto a la pintura de Rothko, al ver el cuadro en vivo, en principio, no sentí nada diferente a lo visto en libros, pero en ese momento, me dije que ahí había algo grande que descubrir, y forcejee con la apreciación y mis saberes, al punto de tener la mirada clavada y detenido frente al cuadro que fue develando su enigma, los colores se separaban, unos quedaron adelante, otros atrás, y otros intermedios. O sea, el artista como conocedor de la teoría del color, de la física y química de los pigmentos, como el contraste de la luminosidad y las dinámicas de la distancia o profundidad, originaba aquel fenómeno que antes no había comprendido.

Conjunto con varias obras en las cuales destaca la de Illeana Moya y Alejandro Villobos, “Collage Tropical”, 1994 en la nueva muestra en Sala 4 del MADC, foto LFQ.
De ahí la importancia y epicentro en esta propuesta del libro o catálogo yuxtapuestos a la obra en vivo, para engatillar la apreciación del visitante al museo. Esta muestra en Sala 4 del MADC “lo documentado” curada por José Daniel Picado, propone ese cruce de miradas para con las piezas de la colección, vistas en los libros colectados en el centro de documentación, como el mejor ejercicio para valorar el arte y comprender esos forcejeos de la curaduría para dar al visitante los elementos conceptuales y técnicos para que él, el espectador, arme la jugada. No se trata de darle todo listo, al semejante se le enseña a pescar, no se le da ya el pescado listo para la ingesta.
Y aquí, son centrales los aspectos educativos y la mediación, para hacer de la experiencia de visitar el museo algo evocable y hasta lúdico, para que la asimilación y producir cogniciones suceda de manera coherente, pero divertida. Sin embargo, hay que tener grandes cuidados, para que la comprensión de esa labor de exhibir y documentar no permanezca en el pensamiento del visitante, sobre todo de los más jóvenes, como que todo sea un juego. En los noventa, preguntábamos a los niños que visitaban el museo valorando lo que les quedó o qué les gustaría observar más de lo visto y experimentado; algunos chicos respondían que querían más juegos, ver más sangre en los cuadros, y una venta de golosinas. Este fenómeno requiere mayor investigación y estudio desde la conductas sociológicas y psicológicas observables en el público que va al museo.
Sería fundamental comentar cada una de las obras de esta propuesta, pero me quedo con un par como ejemplo predominante y claro. Ahí están las páginas de los catálogos o libros en los cuales el visitante puede investigar sobre la obra, y ahí está la obra para constatar por lo que el efecto educativo se vuelve preponderante. Comienzo con la de Virginia Pérez-Ratton, importantísima, como referente del arte contemporáneo centroamericano. La instalación “De vidrio la cabecera”, 1994, un jurado compuesto por Gerardo Mosquera (curador y crítico cubano), Aracy Amaral (crítica brasileña) y Jaime Suárez, le otorgaron el Primer Premio de la Sala Abierta de la I Bienal de Escultura de la Cervecería Costa Rica por esa instalación titulada “De vidrio la cabecera” (1994). Se trata de un catre de metal, de recuperación, una lámina de vidrio transparente representa el colchón, y una almohada también de vidrio, pero con relieves de motivos florales, rodeado de encaje blanco, de algodón. La pieza recuerda la canción mariachi del folclore mexicano: “de piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera”, alusión crítica de la artista al exacerbado machismo latinoamericano y en especial al mexicano, delante de la fragilidad de la mujer, que, para muchos hombres en esa fea costumbre, ésta es vista solo como cama, pero Virgnia, nos recuerda su fragilidad quebrante y cortante, signo, a veces sangrante de las relaciones íntimas de pareja. En esa oportunidad el fallo levantó repercusiones sobre todo de los escultores tradicionales, pues en la bienal ganaba no una escultura, como se esperaba, sino un lenguaje del arte contemporáneo que levantaba los escollos de los “cultores”, y se recuerdan otros premios como el ganado por Pedro Arrieta “Fútbol con dengue”, o “Amor punzante noche a noche” que eran instalaciones, no tallas o fundiciones.

Manuel Zumbado, nueva muestra en Sala 4 del MADC, foto LFQ.
De frente a esta obra, está una pintura en tríptico de gran formato de Manuel Zumbado, titulada “El reino de este mundo”, 1993, donde el artista representa la fiereza de las “bestia”, vicisitudes que enfrentaron los artistas a finales de los ochenta e inicios de los noventa, como José Miguel Rojas, Pedro Arrieta, Sila Chanto, entre otros discursos sobre la bestia en la política, el desasosiego social, la bestia de la incertidumbre y el mercado filibustero cuya marca del poder hegemónico prevalece y permanece anclado a la memoria, volviéndose abordajes casi de rigor en esta prácticas actuales y discursos de punta.
No deja de impresionar aquel zapato de mujer, de Patricia Belli de Nicaragua, cuya plantilla está plagada de aguijones, para hablarnos de relaciones, de simbolismos femeninos develan que las rosas tersas y perfumadas también tienen espinas.

Priscilla Monge, S/T, nueva muestra en Sala 4 del MADC, foto LFQ
Se exhibe un grabado de Illeana Moya, el cual disfruté apreciar y decantar aquellos flujos acuosos del río de nuestra imaginación, como elementos del planeta: agua, tierra fuego, aire. Hay otro grabado de Joaquín Rodríguez del Paso: “Trucos para turistas”, 1994. Una fotografía de Victoria Cabezas rememorando la tradición del “portalito navideño”. Está el “Collage Tropical”, 1994, de Alejandro Villalobos de una riqueza de matrices, texturas visuales y los símbolos fehacientes de la daga, el banano y el sexo. La pieza “S/T” 1994 de Priscilla Monge de los liminares de su práctica conceptualista “Priscilla No Pinta” que contribuyó a la entrada de lo contemporáneo en el país. Un díptico del guatemalteco Darío Escobar en pintura, que como dije al inicio, desacomoda nuestras neuronas y percepción de lo que nos tienen acostumbrados a ver del arte de un artista, pues a él lo conocemos más con el arte objeto y en particular lo deportivo, que al apreciarlo en pintura, y de ese corte de lo colonial, subvierte su función, trueca en arma de doble filo.

“El arte es el oro de las naciones”, concluía el caballero brasileño de Morais, armado con el conocimiento de la historia del arte, con el yelmo de la práctica de documentar. Y costa Rica posee doblemente un tesoro, el de la abundante producción creativa de sus artistas en cada etapa, en cada década, pues el otro tesoro es que lo tiene en museos, documentado, investigado, e importante que lo tenga en la web, en su página que puede ser encontrada por las cajas de resonancia que son los usuarios y seguidores en redes sociales. Ese es el oro de lo pueblos. Ayer que visitaba la nueva sala arqueológica del Museo Nacional, con una muestra temporal de los tesoros en la escultura el lítica precolombina, emergí empoderado, y eso es esencial pues nos toca a los espectadores uy visitantes multiplicarlo, resonarlo, ampliar esas voces que cada obra posee, aunque sean mudas, pero hablan sus signos que definen muestra identidad nacional.
Ya para concluir esta reflexión en torno a “Lo documentado”, debo de esclarecer el otro nexo que aporta al museo, y es la crítica de arte que se comporta como generador de valor, de criterios, de flujo de opinión y que va a encontrar adeptos en sus seguidores en redes, quienes opinan, amplían el discurso y dan un punto de equilibrio a lo que se argumenta.
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